
Los prófugos de rawson recapturados en el aeropuerto de Trelew, todavía vestidos y en filita.
Hoy se cumple un nuevo aniversario, el número 36, de la masacre de Trelew, acontecida el 22 de Agosto de 1972. Ese día, la nefasta dictadura del nefasto dictador Agustín Lanusse, tomaba la nefasta decisión de masacrar a los diecinueve presos políticos recapturados cinco días antes en el aeropuerto nacional de Trelew, tras un fallido intento de fuga que puso en ridículo a su gobierno -y que le dio su estocada final. La decisión le surgió, al abominable dictador, luego de un acceso de ira y, también, de vergüenza: otros seis fugados, entre los que se encontraba Mario santucho, lo habían hecho con éxito y ya pisaban suelo Chileno y llegarían días más tarde su meca Cubana. ¿Dónde debía meterse ahora el dictador que, contratado por las élites oligárquicas nacionales y los agentes de asuntos externos de la CÍA, dejaba escapar a una oleada de “subversivos” que fueron a parar primero al Chile de Salvador Allende y luego a la Cuba de Fidel Castro? ¿Cómo iba a mantener su trabajo, y sus jefes sociales la calma, si no se daba un ejemplo conciso de “cómo debían eran las cosas”? Sus súbditos, Jorge Ceretti -jefe del IV cuerpo del ejército -, el Capitán de corbeta Luis Sosa y el teniente de fragata Roberto Bravo, cumplieron con las órdenes siniestras del Jefe siniestro: hicieron salir de sus celdas de la base Almirante Zar, donde estaban entonces detenidos, y asesinaron a Clarisa Lea Place, Susana Lesgart, María Angélica Sabelli, Ana María Villarreal de Santucho, Carlos Astudillo, Pedro Bonnet, Eduardo Capello, Alberto Del Rey, Mario Emilio Delfino, Alfredo Khon, José Ricardo Mena, Mariano Pujadas, Humberto Suárez, Miguel Angel Polti, Humberto Toschi y Alejandro Ulloa; y dejaron malheridos de muerte a los tres milagrosos sobrevivientes: María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y René Haidar (desaparecidos luego por la dictadura que comenzara en 1976).
La fuga se venía cocinando desde hacía meses en las inquietas cabezas de aquellos jóvenes revolucionarios, presos políticos de una dictadura que ya tenía seis años de vigencia y a la que le quedaban unos pocos meses más de vida gracias, en gran medida, a la lucha de esos mismos jóvenes insubordinados y eternos qué hacían tanto quilombo desafiando al régimen, gritándole en la cara su peronismo -proscrito -o su socialismo -prohibido -. En un principio habían pensado en cavar un túnel, pero a mitad del camino subterráneo ya trazado, vieron que la cosa no era viable y decicideron entonces apostar por tomar el penal desde adentro y esperar a la ayuda de los compañeros de afuera, ya avisados y a la espera. El plan demoró meses, entre intensas discusiones acerca de que era conveniente y qué no, sigilosas especulaciones y emociones contenidas, y un soborno final al encargado del penal. De modo que, en las horas previas al esperado momento de la fuga, todos tenían la mirada aceleradísima y los ojos en cualquier lado, los músculos tiesos, el pulso tembleque, y por supuesto, el estómago clausurado. El mito cuenta que, quizás en un involuntario chiste de la historia acerca de lo que pasaría después, esa noche, los próximos a fugarse se negaron a comer lo que para cualquier preso que lleva meses encerrado es el manjar más soñado: en el penal inviolable de la ciudad perdida del sur, los guardiacárceles, muy porfiados, convidaron con un asadito.
La susodicha cárcel no era otra que el famoso e inexpugnable penal de Rawson de la provincia de Chubut, y entre sus ilustres presos se encontraban nenes como Mario Santucho y Agustín Tosco, entre otros militantes y dirigentes de organizaciones como FAR, Montoneros y el ERP. La lista de los posibles fugados ascendía a 110, y seguía un orden de prioridades según la importancia e incidencia política de cada uno de ellos: Mario Santucho era el primero en la lista. Por su parte, Agustín Tosco se autoexcluyó de la escapada, explicando que a él lo tenía que liberar el propio pueblo y no una fuga, a la cual apoyó de todas formas y ayudó a consumarse al contener, utilizando su gran influencia, a los presos comunes deseosos de colarse en una meneada que no los incluía.
Su última cena en calidad de presos fue en la tardenoche del 15 de Agosto de 1972, alrededor de las seis de la tarde (en el sur suele anochecer muy temprano, sobre todo en invierno). El plan estaba constituido por dos etapas, una que se desarrollaría dentro y otra fuera de la cárcel: la primera consistía tomar el penal desde adentro, alrededor de las 18:30, ayudados por unas pocas armas caseras construidas al calor de la espera y unos disfraces de militar introducidos por los visitantes confabulados, y esperar, en la puerta de calle, a que se completase la segunda etapa. Otros compañeros, en el aeroparque Jorge Newbery, debían secuestrar un vuelo de Austral que partía a las 18:22 de Buenos Aires y aterrizaría a las 18:50 en Trelew, y allí esperar a los fugados, que llegarían en una combi y dos camiones, y que luego se sumarían al avión que partiría hacia Chile, completando la segunda etapa de la fuga, y donde los esperaría el abrazo asilante del compañero Allende. Pero algo salió mal: en lugar de una combi y dos camiones, apareció solamente un Falcon, y una eterna media hora más tarde, dos remises. De modo que la suma de fugitivos de redujo drásticamente: de 110, a 25. Y aún peor: los 85 presos restantes, sufrieron los grados bajo cero y la angustia de ser devueltos a sus celdas como un mal menor. De los 25 que llegaron al aeropuerto, sólo los 6 primeros, que iban en el Falcon, lograron llegar a tiempo para subirse al avión y escapar. Lo que pasó con los otros, ya es historia conocida.
Historia que cuentan sus propios protagonistas:
Testimonio de María Antonia Berger (Fragmento), quizás el más completo de los que brindaron los tres sobrevivientes sobre lo ocurrido:
“Después de concretarse la toma del aeropuerto de Trelew, nos planteamos mis compañeros y yo la necesidad de garantizar nuestra seguridad física en el trato posterior a la rendición; de tal forma se logró una amplia certificación de nuestro estado físico, por parte de médicos y periodistas.
“El juez federal que intervino en la negociación de nuestra rendición prometió acceder a nuestro requerimiento de que se nos retornara al penal de Rawson en forma inmediata; dicho juez, al igual que el oficial de policía que lo acompañaba, se portaron en forma correcta. Al llegar las tropas de infantería de marina, las tratativas de la rendición se celebran con el oficial al mando de las mismas, capitán de corbeta Sosa, ante quien Mariano Pujadas, Rubén Pedro Bonet y yo insistimos en lograr que se nos reintegre a la unidad carcelaria, como condición previa a la rendición. Ante la oposición del capitán Sosa, se hace saber a él y al juez federal que a nuestro entender la base naval no reúne las mínimas garantías de seguridad en cuanto a nuestras vidas; para el supuesto caso que el penal de Rawson aún se encontrara ocupado militarmente por los compañeros alojados en éste, los tres nos ofrecíamos a gestionar y obtener la rendición incondicional de ellos.
En estos términos se planteaba la discusión, aunque luego el capitán Sosa accede a los requerimientos y afirma que nos llevará hasta el penal. De esta forma se hace efectiva la rendición, y todos entregamos nuestras armas; momentos antes de ascender al micro que nos llevaría de regreso a la cárcel de Rawson, nos enteramos de que se nos lleva a la base naval Almirante Zar, bajo pretexto de que la zona se había declarado en estado de emergencia, por lo cual las órdenes recibidas por Sosa eran el traslado de los prisioneros a la base, para su alojamiento en ésta.”
(…)
“Comienza a endurecerse el trato dado a los prisioneros. Para ir al baño y a comer se nos lleva de a uno, con ambas manos apoyadas en la nuca, mientras nuestros carceleros nos apuntan con sus armas montadas y sin seguro, en forma continua se procede a maltratarnos; a los muchachos se les ordena hacer repetidas veces cuerpo a tierra totalmente desnudos, a pesar del intenso frío característico de la zona. También se nos obliga a hacer numerosos movimientos parándonos y sentándonos en el suelo, o sostener el peso del cuerpo con los dedos estirados y apoyados de punta en la pared durante mucho tiempo, hasta que el dolor es insoportable. Todo ello, mientras nos encañonan permanentemente con sus armas. Es de remarcar que este trato era conocido por todos los integrantes de la base, ya que muchos oficiales concurrían a vernos, deteniéndose a observar cuanto nos ordenaban hacer.”
(…)
“A las 3.30 de esa noche, me despiertan los gritos que profiere el teniente de corbeta Bravo, el cabo Marchan y otro cabo del cual ignoro su nombre” (…) “Todos ellos profieren insultos a nuestros abogados, al tiempo que aseguran ‘ya les van a enseñar a meterse con la marina’; a gritos, nos dicen que esa noche vamos a declarar, lo querramos o no. Escucho otras voces de otras personas diciendo cosas semejantes, pero no alcanzo a distinguirlas puesto que inmediatamente nos ordenan salir de nuestras celdas, caminando si levantar los ojos del Piso; noto que es la Primera vez que nos dan tal orden, pero no logro adivinar el motivo de la misma. (…)De pronto, imprevistamente, sin una sola voz que ordenara, como si ya estuvieran todos de acuerdo, el cabo obeso comienza a disparar su ametralladora sobre nosotros, y al instante el aire se cubrió de gritos y balas, puesto que todos los oficiales y suboficiales comenzaron a accionar sus armas. Yo recibo cuatro impactos; dos superficiales en el brazo izquierdo, otro en los glúteos, con orificio de entrada y de salida y el cuarto en el estómago; alcanzo a introducirme en mi celda, arrojándome al piso, María Angélica Sabelli hace lo mismo, al tiempo que dice sentirse herida en un brazo, pero momentos después escucho que su respiración se hace dificultosa, y ya no se mueve. En la puerta de la celda, en el mismo lugar donde le ordenaron integrar la fila, yace Santucho, inmóvil totalmente. Reconozco las voces de Mena y Suárez por su acento provinciano, dando gritos de dolor. Escucho también la voz del teniente Bravo dirigiéndose a Alberto Camps y a Cacho Delfino, gritándoles que declaren; ambos se niegan, lo cual motiva disparos de arma corta después no vuelvo a escuchar a Alberto ni a Cacho. Escucho, sí, más voces de dolor, que son silenciadas a medida que se suceden nuevos disparos de arma corta; ahora sólo escucho las voces de nuestros carceleros, que con gran excitación comienzan a inventar una historia que justifique el cruel asesinato, aunque sólo sea válida ante ellos mismos. Escucho que se aproximan los disparos de arma corta. Es evidente que quien se halla abocado a la tarea de rematar a los heridos está cerca de mi celda; trato de fingir que estoy muerta, y entrecerrando los ojos lo veo parado en la puerta de mi celda; es alto como de 1,80 m, de cabello castaño aunque escaso, delgado; lleva insignias de oficial de marina. Apunta a la cabeza de María Angélica y dispara, aunque ésta ya estaba muerta. Luego dirige el arma hacia mí y también dispara; el proyectil penetra por mi barbilla y me destroza el maxilar derecho alojándose tras la oreja del mismo lado. Luego se aleja sin verificar el resultado de sus disparos, dando por sentado que estoy muerta. Continúan los disparos de arma corta, hasta que se hace el silencio, sólo quebrado por las idas y venidas de mucha gente; ellos llegan, nos miran; tal vez para cerciorarse si estamos ya muertos; cuando descubren algún herido parece que se tranquilizaran unos a otros, pues dicen que al desangrarse morirá; mientras, yo continúo tratando de no dar señales de vida.
A la hora llega un enfermero que constata el número de muertos y heridos; también llega una persona importante, tal vez un juez o un alto oficial, a quien le cuentan una historia inventada. Cuatro horas después llegan ambulancias, con lo cual comienzan a trasladar, de a uno, los heridos y los muertos. Cuando llego a la enfermería de la base observo la hora ‘ son las 8.30; todo había comenzado a las 3.30. Me llevan a una sala en la enfermería, en la cual veo seis camillas en el suelo, con seis heridos; yo soy la séptima.”
Eduardo Luis Duhalde, abogado de presos políticos durante los años 70s, y actual secretario de Derechos Humanos a de la Nación, escribió en La Maga en 1998 un texto llamado “Una herida en mi costado”:
“En agosto de 1972, con mi socio profesional Rodolfo Ortega Peña, teníamos cerca de trescientas defensas jurídicas de presos políticos. No fue de extrañar entonces que lo de los 19 prisioneros que se entregaron a las autoridades en el aeropuerto de Trelew -tras haber fugado de la cárcel y no poder abordar el avión en que se alejaron sus restantes seis compañeros- fueran defendidos nuestros, en algunos casos, en patrocinio compartido con otros abogados. Aquella madrugada en que nos anoticiamos por llamadas periodísticas de lo ocurrido en el atardecer y la noche anterior entre la Cárcel de Rawson y el aeropuerto, los primeros nombres conocidos nos indicaban que se trataba de varias de las personas cuyas defensas técnicas teníamos a nuestro cargo. No vacilamos en tratar de viajar a la cárcel de Rawson: fue imposible hacerlo en avión. El gobierno militar había bloqueado todas las plazas para el vuelo de ese día. Fue así como, a media mañana, iniciamos con Ortega Peña junto a otros abogados (Rodolfo Mattarollo, Carlos González Gartland, Miguel Radrizzani Goñi, Pedro Galín) un tenso viaje en dos automóviles, que de Bahía Blanca para abajo fue objeto de trabas en sucesivos controles policiales, tendientes a impedir o demorar nuestro arribo a destino.
Al llegar, comenzó una de las situaciones más dramáticas que me tocó vivir en mi larga e intensa vida profesional. (…)Una indescriptible sensación de muerte nos embargaba, era una crónica anunciada. Íbamos de la cercanía de la cárcel a la zona próxima a la base Almirante Zar, donde tenían a los prisioneros, sin que en ningún lado nos permitieran acercarnos. Constantemente pedíamos entrevistar al juez de la Cámara Federal Jorge V. Quiroga, que había viajado desde Buenos Aires y que instruía el sumario, sin que accediera a recibirnos: hasta llegamos a presentarle escritos pasándolos por debajo de la puerta de su habitación del hotel, reclamándole seguridad para nuestros defendidos.
Todo era vano. Salíamos a la calle y éramos vigilados, mientras los despachos militares y judiciales continuaban herméticamente cerrados para nosotros. El clima era cada vez más lúgubre: advertíamos que estábamos jugando tiempo de descuento: a vida de los prisioneros corría cada hora más peligro y se nos escurría entre las manos. (…)Comprendimos que nada podíamos hacer allá. Nos embargaba el dolor, la impotencia, el sentirnos absolutamente inútiles frente a la negación de todo derecho. Lo único posible era volver de inmediato a la ciudad de Buenos Aires, a denunciar que el crimen avanzaba a pasos agigantados. En la tarde del 22 de agosto, en la sede de la Asociación Gremial de Abogados, en nombre de los profesionales intervinientes, Rodolfo Ortega Peña, en conferencia de prensa, hizo pública denuncia de la situación y reclamó por la vida de los 19 prisioneros. Esa noche un artefacto explosivo estalló en dicho organismo. Concomitante con aquella denuncia, en la base Almirante Zar la pedagogía criminal del terrorismo de Estado producía la masacre de Trelew. Una danza de horror, en el pasillo y las celdas, dejaba 16 cuerpos inertes y tres heridos graves. La sangre en las paredes, los restos de masa encefálica, las marcas de los centenares de balas disparadas contra las víctimas indefensas, mostraba en plenitud la furia homicida y ejemplificadora. Masacraban a estos jóvenes militantes, pero apuntaban más que a sus corazones, a matar las utopías que anidaban en ellos, sus sueños transformadores y su pasión argentina: no se condenaba su metodología violenta; por lo contrario, aquel hacer de los marinos a cargo del capitán Sosa era un himno a la violencia más extrema, sólo la perversión hipócrita asesina sin piedad en nombre del derecho a la vida (…)”
Roberto Mario Santucho, fue entrevistado en Chile (junto a Marcos Osatinsky y Fernando Vaca Narvaja) luego de la fuga por la revista Punto Final para su edición del 12 de noviembre de 1972:
- ¿Cómo se enteraron ustedes de la matanza de sus compañeros en la base aeronaval de Trelew? ¿Cuándo les llegó la noticia y cuál fue la reacción de ustedes?
SANTUCHO: Primero nos llegó a través de los diarios y de la radio. Después, en la noche del 22, nos fue confirmada por el director de investigaciones, quien nos dio los nombres de los compañeros muertos. Está claro que la acción de la dictadura fue perfectamente consciente, planificada, pensada y selectiva, en el sentido de que se dirigió contra cuadros de nuestras organizaciones, contra compañeros que expresaban lo mejor de nuestro pueblo, la vanguardia revolucionaria del pueblo argentino. El enemigo conocía su capacidad, sus características. Por el temor irracional que siente ante la lucha revolucionaria, porque ve a los revolucionarios como su enterrador, fue llevado a esta acción, pese a que se tomaron todos los recaudos, a que se movilizaron sectores del pueblo en la Argentina, organizaciones de masa, sindicales, comisiones de solidaridad.
Una semana después, la dictadura se decidió por la eliminación física de estos compañeros. Porque tal es su temor a cada uno de estos combatientes revolucionarios que prefieren afrontar todas las consecuencias políticas en una acción de este tipo y no tener que enfrentar a un grupo de compañeros como los que asesinaron. En esto son coherentes con la situación de nuestro país desde que se estableció la dictadura militar de Onganía. Desde entonces se produce esta forma de violencia desesperada del partido militar, que se debate para mantener el capitalismo en la Argentina. Frente al embate de las masas, ha creado la situación de un ejercicio de la violencia permanente contra el pueblo argentino.
Ante eso, nuestro pueblo se ha movilizado también violentamente. Ha aceptado el desafío y se expresa tanto en las movilizaciones del conjunto del pueblo como en la existencia y desarrollo de nuestras organizaciones. El pueblo argentino aceptó llevar la lucha al terreno planteado por el enemigo, y lo hace masivamente y de manera organizada.
Esta dinámica irreversible ha de continuar desarrollándose en el doble terreno de la lucha armada y la lucha no armada de las masas. En este proceso se forjarán y crecerán las organizaciones guerrilleras, convirtiéndose en fuerzas poderosas. Apoyado sobre esta fuerza militar revolucionaria, nuestro pueblo terminará por derribar al partido militar, destruir el injusto sistema capitalista y establecer una perspectiva de felicidad para nuestro pueblo y de independencia para nuestra patria en el socialismo.

Una consternada y asustada tapa de Crónica
El juicio.
La masacre de Trelew sigue impune. Luego de 35 años, recién el 20 de Marzo del año pasado, el juez federal subrogante de Rawson, Hugo Sastre, comenzó a tomar declaraciones y, según sus declaraciones al diario Página/12 ese mismo día, “es posible llegar al esclarecimiento porque los testimonios están como para tener una aproximación y además en esto favorece que yo nací y me crié acá y tengo muy en claro por transmisión de los mayores quienes vieron o escucharon cosas de la época”. Por el momento, varios de los acusados disfrutan de las comodidades, lujitos y petes de sus esposas en sus respectivas prisiones domiciliarias. Por otro lado, Guillermo Bravo sigue prófugo bajo el amparo de Bush, con un pedido de extradición a la Argentina que el país del norte traba burocráticamente desde hace un año.
Alicia Leichuck de Bonnet, esposa de Pedro Bonnet, muerto en la masacre, escribió en 1997 una carta abierta al presidente de la Nación reclamando justicia:
“El 22 de agosto de 1997 se cumplen 25 años de los hechos de “Trelew’. Me dirijo a ustedes, una vez más, para que sea restituida Ia verdad histórica, que es Ia obligación con Ia sociedad argentina, con las nuevas generaciones; y son ustedes los representantes.
(…)
El 22 de agosto de 1972 es una fecha histórica para el país. En el mismo lugar que las cenizas de Ia Patagonia trágica dejaron iluminada una ultima chispa, se inicia Ia política del terrorismo de Estado que culminará con el golpe de 1976. Allí se decide de acuerdo con criterios nazis, Ia supresión física de los militantes populares, allí se inicia Ia “solución final” como el método de exterminio por parte de las Fuerzas Armadas Argentinas.
Trelew fue el preludio de una época sangrienta. El General Lanusse, íntimamente vinculado con el nacionalismo de derecha y con grupos fascistas ligados a Ia burocracia sindical, asume Ia decisión de ejecutar a los presos políticos de Trelew. Son los mismos grupos que a partir de 1973 forman Ia dirección de Lópoz Rega, las famosas “triple A” que en dos meses (entre Julio y setiembre de 1974) produjeron 220 atentados, 60 asesinatos, 44 heridos y 20 secuestros.
(…)
La existencia en el país de una instancia constitucional, debe permitir esclarecer los crímenes cometidos en la base Almirante Zar. No se puede olvidar que después de Trelew, las Tres A dinamitaron la Asociación Gremial de Abogados, dinamitaron y mataron a la familia de Mariano Pujadas, de Lea Place, de Santucho. Que la mayor parte de hermanos y hermanas de los fusilados en Trelew están hoy desaparecidos: Lesgart, Capello, entre otros. Más de 50 abogados fueron asesinados entre 1972 y 1975, todos habían defendido presos políticos. Cientos más formaron parte de los 30.000 desaparecidos. Hoy no alcanza con rendir homenaje a todos nuestros muertos, hoy tenemos que demostrar que no se puede hacer callar, y matar a todo un pueblo. Que debemos asumir y recuperar la memoria. Si se instala la impunidad en nuestra sociedad, si la justicia pierde su sentido, si los derechos individuales, humanos, elementales, no son respetados, se impone la ley de la selva; quiere decir que los asesinatos quedan impunes, las víctimas no son reconocidas, y el futuro de la sociedad argentina se vislumbra como un gran caos. Son ustedes los representantes del pueblo los que pueden impedir que esta masacre quede impune. Ustedes son los representantes del futuro. Y es el pueblo quien debe exigir que la justicia sea llevada a cabo.”
ENLACES
Clarín de hoy sobre el Juicio
Los testimonios de los tres sobrevivientes, en la página de Pigna
Agustín Tosco, sobre la Masacre.