
En Pompeya, los chicos fuman Paco e inhalan Poxirrán a la vista de todo el mundo. Fuente: Página/12.
En la intersección entre los barrios de Pompeya, Barracas y Parque Patricios, en ese casi infinito mundo urbano de casas bajas y vida de barrio que se va desdibujando, allá donde la avenida Callao dejó lugar a la avenida Entre Ríos que dejó lugar a Vélez Sársfield, y el Riachuelo parece ser el límite de lo posible, al sur del sur, se alza el paisaje desolado del futuro que ya llegó. Bien adentro, hurgando profundo en las entrañas de los barrios, las villas 21/24 y Zavaleta conforman un conglomerado de miseria que creció al ritmo de una metrópoli hasta tomar la forma de un barrio dentro del barrio, comiéndose calles, descampados, familias, pibes. Como un pulpo fue expandiendo sus tentáculos al ritmo en que caía la historia y crecía también esa gigantesca manta impune que intenta taparlos que se llama desidia, indiferencia, estigma, y que la clase media gusta llamar inseguridad. Por esas calles, siguiendo el mapa que pocos se animan a mirar, deambulan desamparados cientos de pibes que intentan sobrevivir en la – más que nunca – jungla de cemento. Los pibes de La Yeca, los que limpian los vidrios de tu auto, los que te abren la puerta del taxi, los que te piden el vuelto del boleto, los que te punguearon alguna vez tu billetera; los que están en las estaciones, en las plazas o en las veredas durmiendo en pleno día porque anoche, como casi todas las noches, no pudieron dormir; los que fuman paco, los que jalan Poxi, los que hablan un idioma que no entendés; a los que les tenés miedo y cuando los vés acelerás el auto, cruzás la vereda, te guardás la moneda, te tomás el palo.
Tomando al fondo la calle Monteagudo, que nace sobre la Avenida Caseros bordeando el parque de los Patricios y muere en las vías del tren diez cuadras adentro, se llega al centro de atención Niños de Belén, que recibe pibes en situación de calle desde fines del año 2003 en uno de los patios de la parroquia Nuestra Señora del Carmen. Miguel Ángel Sorbillo, asistente social y coordinador del centro, junto a un grupo de más de 15 personas entre profesionales y voluntarios, lleva adelante la difícil tarea de devolverles algo. Día a día fueron construyendo un espacio en el que esos pibes van, se bañan, comen, se cambian, reciben afecto, contención, juegan, aprenden, están algunas horas sin fumar. Dice Miguel: “El grupo de pibes y pibas con el que estamos trabajando está constituido adolescentes de 12 a 18, 19 años en situación de calle, donde priman los varones. En situación de calle, que no es lo mismo que `de la calle´. La diferencia está en que el segundo término le niega al niño las características propias de su infancia, él pertenece a la calle. Se le quita su historia, su singularidad, se lo estigmatiza. En cambio, hablar de ´chicos en situación de calle´ implica reconocer a estos nenes como personas con derechos, situados en un espacio físico particular, la calle, atravesado por las circunstancias de la época que les toco vivir. Es decir, son ante todo niños y circunstancialmente están en la calle como estrategia de supervivencia familiar o individual.”
Según un informe del año 2006 de la Dirección General de Niñez y Adolescencia del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, más de 4000 pibes están en situación de calle (cifra que debe haberse engrosado ya que el problema avanza en vez de retroceder), mientras que son más de 600 los que pasan la noche en ella, sin una casa a la que acudir para dormir. Miguel aclara: “muchos de ellos son de la zona sur y oeste de la Provincia, sus familias viven o en Lomas o en Florencio Varela, Moreno, Merlo. Algunos todas las noches vuelven a sus casas, otros solo lo hacen esporádicamente, y hay otros que han roto los lazos con sus familias y viven en la calle”.
El grupo de trabajo se compone de profesionales capacitados con experiencia previa en el trato con estos chicos, asistentes sociales recién recibidos o pasantes de la carrera de asistencia social, o mismo colaboradores y ayudantes sin experiencia previa ni estudios específicos que se acercan a dan una mano en cuanto pueden. “Algunos tenemos experiencias previas con chicos en situaciones similares, otros se han desempeñado profesionalmente en el área de la infancia y en la social; también hay quienes sin contar con conocimientos previos acompañan el proyecto y al andar se han ido formando. Esta situación se da muy a menudo, ya que suele pasar que todos aprendemos de los chicos, quienes desde las cosas más simples aportan cosas nuevas” Dice Miguel.
La parte visible de lo no visible.
El centro abre sus puertas a los pibes a partir de las cinco y media de la tarde todos los Lunes, Miércoles y Viernes del año. “Hubo un proyecto que se aprobó y funcionó unos meses para abrir todos los días de la semana, pero ya no dábamos a basto” me cuenta Santiago, uno de los asistentes que colabora gratuitamente para el centro. “Llegaban Jueves, por ejemplo, que éramos dos para cinco pibes, y eso era un peligro”. Dentro del grupo existen varias discusiones acerca de este tema, sobre las ganas y los proyectos que se crean constantemente y que se chocan inevitablemente contra las limitaciones del lugar. Ni bien llego me agarra Julián, un tanto mayor que Santiago, profesional él, y aparentemente bastante conocedor de este tema, y me previene: “vos tratá de mantener distancia lo más que puedas, ellos de a poco van a ir acercándose a vos, a preguntarte cosas, todo despacio. No vayas de frente a preguntarle `eh, ¿vos fumas?, ¿dormis en la calle?´ porque te vana sacar cagando. Pero sobre todo, como sos nuevo, van a venir a pedirte cosas que están prohibidas o que están permitidas luego de cumplir algunas metas: por ejemplo, no se puede jugar al metegol en todo momento y no se puede fumar adentro” Existe un estricto cuerpo de normas que funciona para darle algo de orden a una situación que se presenta bastante caótica desde el vamos: los chicos llegan de a grupos, a veces son muchos, todos juntos caen en manadas, muchas veces dados vuelta. El cartelito que contiene las reglas desde una de las paredes, entre otras cosas, establece los horarios para los baños, a los que los chicos se anotan en el pizarrón por orden de llegada, y sobre todo, los horarios de llegada (nadie entra después de las seis y media de la tarde) y una regla fundamental: respeto. “Los pibes son divinos, son muy buenos pibes, con la mayoría de ellos tenemos muy buena relación, hay un vínculo que se va generando, hace dos años que estoy yo acá por ejemplo” me aclara Santiago. “Pero ellos saben que acá hay cosas que tienen que cuidar, horarios que tienen que respetar, que no se tienen que zarpar. A veces están muy tranquilos, como hoy, pero a veces están muy sacados y se generan situaciones complicadas. O quizás te joden y vos vas aprendiendo como reaccionar, pero a veces se zarpan y hay que poner límites, para que te aprendan a respetar”.
Por dentro el centro es lo más parecido a una salita de Jardín de infantes o a un colorido patio de escuela primaria: una sala amplia, muy amplia, que da a la calle de un lado con ventanales enormes que dejan entrar radiante un grueso chorro de sol, y al patio abierto donde se juega al fútbol, del otro, contiene una mesa enorme donde se merienda y se cena. Allí nomás, y a mitad de camino entre la mesa y los baños, uno para los nenes y otro para las nenas, hay un metegol, y sobre un ricón, un santo, el Gauchito, en el cual los chicos creen profusamente y cada tanto le dedican alguna prédica. Las paredes están repletas de fotos de los chicos que concurren y de cartulinas de colores que dan testimonio de viejas actividades realizadas: varias sobre el barrio de Pompeya, una con sus calles y diagonales laberínticas, otra sobre Homero Manzi “el tipo del cartel del puente” y otra con lo que “vemos: chicas lindas, viejos, tranzas, colectivos, perros”, lo que “oímos: bocinas, tráfico, gritos” y “olemos: porro, poxi, humo”; y una muy especial: una colección de palabras del vocabulario callejero: Fisura, arrebato, amanecido, gira, berretín, con sus respectivos significados, y otra colección de palabras inventadas por los propios chicos en el centro: Prostiguacho, Fijura, Chachapolla. Santiago es el encargado de la parte recreativa y de aprendizaje, junto con Hernán, que me cuenta: “La idea es hacer todas actividades que los hagan pensar, asociar ideas, o a ayudarles a formarse una identidad, como en el caso del juego de las palabras; también hicimos varias veces un recorrido por un plano de Pompeya para que conozcan mejor el barrio con los nombres de las calles, que ya de por sí obviamente lo conocen, pero esto les ayuda a sentirse más seguros, sobre todo a los más chiquitos”.
Luego de tomar la merienda, por lo habitual se juega al fútbol, las chicas se sitúan a un costado a conversar o a dibujar, luego uno a uno se bañan, se charla o se juega al metegol, y cuando empieza a caer la noche, se cena. Siempre la cumbia suena de fondo y es cantaba a rabiar por los chicos, cumbias de ésas que no suenan en los casamientos. Pero a veces todo puede interrumpirse de golpe. Mientras nos encontrábamos con varios de los chicos en el patio jugando al fútbol, sin que jamás nos diéramos cuenta, un grupo de los suspendidos vino a agitar, y a tirar piedras para poder entrar. “Se manejó muy bien” me comentó santiago luego cuando no podía creer lo que me contaba, “son pibes que están suspendidos y que saben que no pueden venir y vinieron igual. Te digo que se manejó muy bien porque nadie se enteró, todo siguió como si nada. Vinieron y amaneraron con romper todo. Estamos acostumbrados a cambiar vidrios ya. Pero empezaron a amenazar con romperle el coche a Julián, pero por suerte se fueron. Estaban descontrolados”. Hay muchos chicos que están suspendidos porque arman bardo adentro, y por unos días no se los deja entrar. Con respecto a eso, me cuenta Julián, quien lo vivió en carne propia varias veces: “cierta vez uno de los chicos vino sacado, con una faja, porque a veces traen de esas cosas, y se peleó con otros dos, se armó un terrible bardo y tuvimos que entrar a separar. La peor parte me la ligué yo, me comí una trompada, por supuesto, varias. Hasta que logramos separarlos y obviamente lo echamos. Desde la vereda me dijo `si no me importa mi vieja me vas a importar vos, puto´ y me escupió en la cara. El chico está suspendido, estamos buscando la forma de reconstruir el vínculo con él y abrirle nuevamente las puertas para poder ayudarlo. Tiene una historia muy jodida.”
Los chicos.
Seis y media empezaron a llegar. Es viernes. Son tres chicos y una nena. No todos vienen todos los días, eso sería lo ideal, pero no. Todo depende de cómo amanezcan, de los días de gira que vienen llevando, del grado de su adicción, de muchas otras cosas. Los chicos son Homero, su hermano menor Arielito, y Chuki, un mito en el lugar. La nena es Claudia. Chucki llega temblando, como si tuviese frío, pero es un terrible día de calor: está durísimo, y tiene los ojos desorbitados. Llega y apoya sobre la mesa una billetera a la que le saca los documentos que son recogidos por Laura, la cocinera. Se los darán al padre de la parroquia para que avise y se los puedan devolver a su dueño, ahí hay documentos, cédulas, tarjetas, seguros, etc. Plata ya no. Después se levanta y pone su nombre primero que todos en el pizarrón para bañarse, a pesar que había llegado último. Nadie le dice nada. Claudia le canta una cumbia amorosa a Homero, que parece estar bastante bien, contento, despierto, con ganas, y Arielito, el más chiquito, no me saca los ojos de encima, como hipnotizado. Después me preguntará por mi casa, por mi familia, por mi cuarto, por muchas cosas. Con Homero Santiago tiene una relación especial, son muy amigos. Chucki no registra nada. Apenas puede con el mate cocido. Santiago me cuenta “Lo que no tienen estos chicos por culpa del Paco y el Poxi es motricidad fina. Fijate que no pueden sostener el vaso sin volcar” y es una terrible verdad. Me muestra luego la foto de Chucki cuando llegó, cuando era un chiquito, y todos se voltean a mirar y deben pensar lo mismo que yo. A todos nos ataca el vacío.
Mientras Chucki se baña jugamos a la pelota un rato, y cuando volvemos ya se fue. Al rato cae su novia, Mamucha, que se llama así porque el año pasado fue mamá. Tuvo y perdió -sola- a su hijo en la calle. Tiene dieciséis años y un cuerpo avejentado, que alguna vez fue hermoso. Es enana, muy chiquita, “es increíble lo que aguanta esta piba, el corazón que tiene” me canta Laura, la cocinera. Mamucha se prostituye para sobrevivir y para fumar, y su caso fue investigado y denunciado por Página/12 en Mayo del año pasado, cuando la prostitución de menores y los la adicción al paco estuvieron en el centro del debate público. “Ésta va a quedar embarazada otra vez” me dice Santiago, que luego le pregunta a Mamucha si se cuida, y ésta le responde con un gesto demoledor: no hinches los huevos. De todas formas cuando se vaya después de cenar, se llevará una buena cantidad de preservativos. La risa viene cundo llega Rocío, un travesti de diecisiete años también en situación de calle y con una severa adicción al paco que ya se está tratando en una clínica especial, de modo que ya es un “graduado” del centro, donde es recordada y extrañada por su buen humor, cariño y desparpajo. “Que bueno que estás, bombón” lo saluda a Santiago, y camina como una diva por todo el lugar a pesar de las jodas de todos los chicos. Su caso también tomó notoriedad pública cuando Tognetti entró al centro y los chicos hablaron todos, pero ella en particular, de los dealers y de las cocinas y las ranchadas, pero todo resultó ser una cagada: quedaron escrachados mal y hubo varios problemas en el centro, que tuvo unas semanas bastantes complicadas luego del episodio mediático.
Al final llega Miguel y todos cenamos, bastante temprano, tipo ocho. Es como el padre de todos. Los ánimos cuando llega él se calman, los pibes dejan de hacerse los piolas, comen tranquilos, recatados. Santiago aprovecha para contar que se va, para decirnos a todos que el año que viene se va de viaje y que no vuelve. Todos hacen una mueca chistosa, chistes, todos agitan. Menos Homero, que tiene la mirada perdida y no contesta. Se hace de noche y los chicos vuelven a la calle hasta el lunes que viene.
Un recorrido por Pompeya.

En el punto marcado es donde se encuentra el hogar. Hacia el sur y el este de avenida Zavaleta se extiende la villa y, mas allá, la 21/24, donde se encuetran las cocinas y los fumaderos, que también los hay sobre Avenida Sáenz, frente a la estación de tren.
Los chicos al centro no llegan por su cuenta. El trabajo se completa en la calle. Son muchos los asistentes que trabajan para el centro en la calle, recorriendo toda la Geografía de Pompeya, los puntos estratégicos, buscando a los pibes, estando con ellos, caminando unas cuadras por aquí y por allá, relojeándolos, charlando de la vida. Hernán me lo comenta por arriba y me invita. Encantado llego a Plaza Pompeya, situada en avenida Sáenz al 900, el miércoles siguiente por la mañana. Éste es un trabajo que se realiza todos los días y en diferentes horarios por la mañana y por la tarde.Llego temprano, los espero diez minutos, y luego llegan Hernán y santiago y nos ponemos en marcha. La idea es ir encontrándonos con los chicos, que son muchos más que los que fueron el Viernes anterior al centro, o que quizás no van pero a ellos los conocen y les tiran información acerca de dónde estarán los demás. “La idea básica de esto es caminar junto a ellos, ver si están bien, hacer acto de presencia, que, en realidad, es la base para que ellos tengan presente que el centro está y que pueden venir, que se acuerden, que no se cuelguen a fumar todo el día y que cuando se acuerdan son las ocho de la noche y digan, ya fue”, me cuenta Santiago.Caminamos dos cuadras por Avenida Sáenz en sentido contrario al Riachuelo, con el puente La Noria a nuestras espaldas, cuando nos encontramos con el primer grupo. Son Ale, El Gordo Maxi (que tiene 21 años y ya cumplió su ciclo en el centro, y al que una de las asistentes sociales, Cristina, le está buscando algún centro de rehabilitación) y su hermanito, un gordito enano de pelo teñido con agua a ras que se peina obsesivamente con un peine negro de plástico, y que no tiene más de diez años. Nos dicen que es más allá, que creen que están parando en la ranchada. Entonces seguimos, y cruzando la estación de Tren Sáenz del Belgrano Sur, y nos encontramos con el segundo grupo: “Éste es el Machu, el que entró con la faja la otra vez” se asusta Santiago. Nos pide una cerveza, nos increpa, pero seguimos. Hace un calor demoledor. Cruzamos la avenida y me señalan las ranchadas. Seguramente allí estarán Mamucha y Chucki. Según el diccionario villero la ranchada es el lugar de reunión de los pibes, el lugar donde “paran”, los fumaderos. Frente a la estación, del otro lado de la avenida, por donde pasa el tren, más allá le sigue un basural y aún más allá, un descampado con algunos árboles, lugar elegido por los chicos para fumar. “Antes todo el tema del paco estaba más escondido, en las Villas se fumaba. Ahora ya lo hacen acá, que si bien esto es un oasis en el medio de la avenida, está mucho más expuestos a la mirada de la gente, y cuando salen re locos los ven todos.” Llegamos al racho pero no hay nadie. Allí al lado está otro de los pibes, que no va al centro pero tiene buena data: le parece que Chucki y la novia estaban del otro lado del coto, así que emprendemos camino. – Ves – me dice santiago – así vamos recabando información, todos nos tiran algo de data, saben de qué venimos nosotros. Lo vemos como una conquista. Esto se fue construyendo muy despacio. Antes íbamos siempre a un lugar fijo, y de ahí no nos movíamos y si pasaba uno era algo positivo. Ahora nos manejamos como queremos – .Al ratito nos encontramos con Homero, que entra a un ciber con Claudia a ver una película, y nos invitan. Están bien, Homero está bien. Pero no saben donde estarán los demás. Les pregunto a santiago y a Hernán que pasa si no los encontramos, si Mamucha y Chucki no están parando ahí cerca del coto: “Si no están ahí, están en la Zavaleta fumando paco”. Damos toda la vuelta, pasamos por dejado del puente, se hicieron las doce y media, una hora caminando, y en el coto ni alrededores están ni el uno ni el otro.Allí terminó nuestro recorrido entonces, nos despedimos, ellos seguirán seguramente, a mi m toca irme a casa. Espero el 46 para volver para Constitución, y cuando me estoy por subir, vienen corriendo los pibes, El Gordo Maxi y compañía. Los espero para subir con ellos, los dejo pasar primero, ni me registran. Suben gritando y festejándose. El Colectivero les corta el mambo y les ordena que se bajen. Me vuelven a pasar por al lado y me registran menos. Subo. El colectivero me dice: “Son piolas estos, eh. Son Guachos, son unos porongas”.
Por Matías Ferrari
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LEY DE PROTECCION INTEGRAL DE LOS DERECHOS DE LAS NIÑAS, NIÑOS Y ADOLESCENTES:
