Septiembre 13, 2008...7:19 pm

De colonatos y tragedias.

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El más sangriento partido de fútbol del que se tiene noticia tuvo lugar en Chayanta, un poblado perdido en el altiplano boliviano. Patriotas cuidadosos de la imagen de este país -naturalmente blancos o, cuando mucho, Cholos- afirman que se trata de una exageración, y que este acontecimiento forma parte de una leyenda. Pero los indios, los mineros, los campesinos y los relatores de la historia de Bolivia -intelectuales y artistas del pueblo- creen ver todavía la esfera húmeda de sangre cumpliendo una etapa violenta de justicia social. ¡Rosca Jamushanl! gritaban los indios futbolistas. Y pateaban la bola.
La esfera sangrienta, desfigurada, era la cabeza de un Señor, un patrón.
1952. Todas las contradicciones de bolivia estallan en violencia y esperanza. Los mineros, los campesinos y los indos habían tomado el poder de hecho en el intento de llevar a Paz Estenssoro al gobierno: se armaron, lucharon contra las fuerzas del feudalismo. Victorias esporádicas de aquí y de allá les dieron la fuerza de la venganza, estallando en una alegría que jamás habían podido alcanzar desde que los españoles entraron en el alto perú. Los dueños de la tierra, los señores de los Pongos, hulleron espantados. Los que no pudieron escapar -como el dueño de la cabeza que servía de pelota de fútbol- fueron descuartizados en las tortuosas callejas de los poblados.
Los indios, que en plena mitad del siglo XX no podían tan siquiera hablar en su lengua nativa o conversar en presencia de los señores feudales descrubrieron de pronto en medio de la violencia de sustos, el sonido de su propia voz. Invadieron las casas, saquearon, vistieron la ropa que no había podido ser llevada por sus verdugos fugitivos, se atiborraron de aguardiente e hicieron una homérica fiesta en las calles vivando el fin de la Rosca. Era la libertad soñada, el final de la explotación inhumana, el sueño boliviano tanto tiempo acariciado y esfumado. Tantas veces ahogado en la sangre del pueblo.
La época de hechar los orines de los patrones había concluído…
En el interior de los enormes depósitos de los señores derrotados, los indios hallaron compotas y dulces de cuya existencia jamás habían oído hablar. Un indio boliviano moría sin haber probado un dulce y los más viejos ni siquiera habíon pensado que existiera algo que puede ser dulce. Ahora, allí en Chayanta o en Tarata, los indios habían libertado al pueblo, expulsado a los señores e invadido las moradas de los dueños. Vestían ropas nuevas: hombres completamente ebrios salían a la calle vestidos con ropa de mujer. Estaban dentro de las despensas y tenían ante la vista decenas de frascos multicolores con dulces en su interior.
La embriaguez de la chica fue puequeña ante la voluptuosidad despertada por aquellos dulces, y los indios se embadurnaron con ellos. Y mientras la partida de fútbol continuaba patenado rabiosamente la cabeza de un Señor en la plaza pública, mientras los indios embiriagados que jamás pudieron montar en una mula -porque los señores no lo permitían para no lastimar el lomo de las bestias -ahora se subían sobre las mulas y centenares gritaban en Quechua, la lengua prohibida que era la del 85% del pueblo; mientras en las
chicherías, se cantaba con voces desentonadas, mientras sucidedía todo esto, como una tempestad inesperada en la historia de Bolivia, algunas decenas de indios descubrían los frascos de compotas y ducles. La notitica se expandió.
Corrieron todos a los dulces. Los que pudieron comer, comieron. Y de repente salían corriendo, retorciéndose, gritando, cayendo muertos. Los señores, los patrones, habían hecho una última venganza: los ducles envenenados mataban a los revolucionarios.

Julio José Chiavenato, en “La Guerra del petróleo”, editorial Historia y pensamiento Latinoamericano, 2005.

Mascare de Campesinos en Bolivia; Estado de sitio en Pando y huída de su gobernador al Brasil.

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