Se lo han preguntado poetas como Juan Gelman y Mario Benedetti. “¿Y si Dios fuera una mujer?” Para el poeta argentino la respuesta fue subversiva: las “seis enfermeras locas del Pikapoon hospital” de su poema Preguntas fueron llevadas a la hoguera junto a un visionario que gritaba esa revelación por los tejados de su pueblo. Para el uruguayo, la respuesta arrastró a los agnósticos a rezar con las entrañas.
La muestra fotográfica que presenta Alina Schwarcz en el centro cultural Ricardo Rojas durante el mes de mayo –Secretos de Chicas –intenta mostrarnos pequeños momentos íntimos de Dios: los pechos desnudos de Dios al salir del baño; Dios en la montaña verde, floreada, primaveral, llena de colores; Dios cuidando su jardín, levemente inclinada sobre un grifo, mostrando sus piernas; Dios rubia y prostituída, vendiendo hamburguesas de McDonalds en Mar del Plata.
El concepto de la obra de la ganadora del premio Ernesto Catena de fotografía contemporánea se basa en una idea de belleza esporádica, no intencional, captada en el momento menos indicado. Por momentos, la propuesta se cumple. Resulta irresistible la idea de meterse dentro de la escena en la cual una mujer sale de la ducha y se peina su cabellera lacia y húmeda, para tomarla por detrás, acariciar suavemente su espalda y buscar a Dios debajo de la toalla que cubre sus caderas. Muchas de las imágenes encierran ese concepto central de la obra de que el momento captado por el lente de la cámara continúa, de que hay miles de momentos igualmente hermosos que el espectador se pierde si no hecha mano de su imaginación.
Pero en el resto, cuesta un poco más, en parte porque la obra estuvo mal presentada, como con desgano; en parte por la falta de fuerza propia de las imágenes: cuesta mucho encontrar la belleza de un cuerpo vestido de marca Yankee de comida chatarra. Sobreexplotadas y aburridas, las chicas Mc Donalds reparten promociones turísticas en una de las fotografías que confunde belleza espontánea de una idea –que podríamos llamar Dios –con lo más bajo del ser humano. Algo similar ocurre con las fotografías tomadas a hongos y a hombres con laptos en cuartos de hoteles lujosos: está ausente la fuerza propia de espiar a Dios, con sus furias y sus sorpresas.
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