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Notas

Peregrinos del periplo habitacional porteño

El Hotel familiar El Cid de Constitución es un perfecto espejo del incumplimiento de un derecho fundamental que afecta a más de medio millón de personas en la ciudad. Postales de la vida cotidiana en “los conventos de Drácula” en medio de la pelea por una salida digna.

Desde que el hotel donde vive está tomado y en proceso de lucha, Lucía casi no duerme. Se levanta antes de las primeras luces del día para ir a trabajar y se acuesta cada noche después de discutir en asamblea, durante horas, las marchas, las reuniones con el ministerio y los próximos pasos que tomarán sus vecinos del Hotel El Cid para conseguir la meca de la vivienda digna. Cuando por fin se acuesta, el fantasma del desalojo, ese mismo fantasma que recorre los pasillos de muchos hoteles de constitución, se hace dueño de su insomnio.
–Es muy difícil salir de la calle. Si salí, fue porque dejé todos mis ovarios –explica entre mate y mate, sentada en la puerta del hotel, displicente y segura como si fuera su dueña. Lleva todo anotado en su cuaderno. Todo: lo que cada uno dijo en cada asamblea desde que se tomó el hotel, lo que el abogado de las familias apunta como estrategia a seguir y, también, sus propias reflexiones.
–Después de tanto tiempo en la misma, aprendí que hay que luchar. Sólo con organización y lucha se logran las cosas –reflexiona y luego mira con preocupación hacia adentro del hotel por entre las rejas negras de la estrecha entrada. Un griterío descontrolado de chicos se aproximaba a toda velocidad y una voz sísmica imponía calma o consecuencias desde el patio. –¿Qué quilombo hacen los chicos, no? –se ríe.
Lucía vive en El Cid con sus tres hijas desde Marzo de 2009. “Cuando llegué, parecía el Convento de Drácula, todo destruido, de terror”, se lamenta. Desde que migró de Tartagal, provincia de Salta (“estoy muy preocupada por mi familia de allá, no tengo noticias de nada de lo que pasa”) buscando trabajo en capital, peregrinó por casi una decena de hoteles similares. En la calle, se peleó con la UCEP, fue famosa una semana gracias a la televisión, fue socorrida por el BAP y durmió varias noches en el parador nocturno de Retiro.
–Cuando me vine a capital viví por un tiempo en un departamento en Parque Patricios con contrato de comodato, pero me estafaron y ahí empezó todo –recuerda. Habla como enumerando epopeyas. –Después, estuve en el Hotel Costa azul. En esa época cobraba un subsidio de 450 pesos que me ayudaba a pagarlo. Hasta que apareció el dueño diciendo le habían pasado el dato de que los subsidios eran de 700 y que le estábamos tomando el pelo y que teníamos que pagarle más. Inmediatamente nos puso de patas a la calle.
–¿Y qué hiciste?
–Estuve casi un año trabajando para juntar plata y poder alquilarme yo sola, mientras las nenas iban al colegio. A la tarde nos dividíamos en dos grupos y recorríamos toda la ciudad buscando precio –contesta.
Así llegaron al Cid.
–Las nenas están un poco cansadas de todo esto ya –suspira.

En los cuatro pisos del Cid que albergan a 40 familias con sus 60 chicos repartidas en 44 habitaciones, imperan tres colores: el verde despintado de las puertas de madera, la desprendida pintura amarilla de las paredes de la estructura y el hollín negro de las manchas de humedad expandidas en los ángulos de los baños y cocinas que todos comparten. En pleno mediodía, el sol pega fuerte en el patio interno donde se suceden las asambleas nocturnas desde que en diciembre de 2009 las familias fueron notificadas del juicio por usurpación que les inició su actual dueño, un italiano llamado Carmelo Panetta, poseedor de un imperio de hoteles familiares en la zona. Cuando llueve, el patio se inunda de tal forma que no queda otra que hacer la reunión en la recepción, un oscuro y pequeño cuarto abierto de azulejos negros ubicado en la entrada misma del edificio. “Hasta que no empezamos a hacer asambleas, no conocía a casi nadie del hotel”, se sincera Brenda, que vive hace once años allí. “La vida acá es como en cualquier edificio, todos están en la suya, trabajando, haciendo sus cosas”, explica en ese mismo patio en el que todos encuentran ahora un espacio de comunión y expectativas.
Brenda llegó al hotel de la mano de la ley 341 (ver aparte), y, mientras esperaba que le adjudicaran el crédito para construir su vivienda, entró al Plan de Hoteles de la Ciudad en el año 99 junto a otras 40 familias que hoy ya no están. “A todos ya les había tocado la vivienda, menos a mí –se queja –y como quedé yo sola, Panetta empezó a alquilar directamente a la gente las habitaciones, y se llenó otra vez”. El juicio contra los inquilinos surgió luego de que éstos tomaran el hotel en agosto del año pasado, en respuesta a que el dueño subiera de manera abrupta el precio de las habitaciones, que treparon a un promedio de 1500 pesos.
–Se caía todo a pedazos y encima nos vino a patotear el desgraciado –agrega con bronca. Brenda tiene 40 años, un hijo con cáncer, y está desempleada. Al tomarse el hotel, se mudó de su antigua pieza en el segundo piso al que ocupaba encargada en la planta baja, “más espacioso y cómodo”.
Producto de la denuncia de usurpación, a fines de enero de este año llegó el desalojo. Fue frenado por las familias con una movilización y corte de calle a la sede de Pavón y Entre Ríos del Ministerio de Desarrollo Social de la ciudad, con el apoyo de la Parroquia del barrio y diversas organizaciones sociales. Hasta principios de Marzo, lograron mantener una mediación judicial con “el desgraciado”, que se cayó luego de varias negociaciones, marchas a legislatura y entrevistas con la ministra Vidal. El fantasma del desalojo sigue tan presente como el hollín y la humedad.

“Peleamos por el derecho de toda persona a un techo digno, que en nuestro caso no se contempla”, gruñe Leonardo, uruguayo, padre de cinco chicos que duermen con él y su esposa en una sola habitación. El gobierno sólo ofrece, hasta ahora, la aplicación del decreto 690/07, que otorga un subsidio de emergencia de entre 450 y 700 pesos para familias en situación de calle, de acuerdo a su composición. Pero esto no conforma ni a Leonardo ni a ninguno de los inquilinos: “Queremos una salida definitiva, por eso luchamos”, repite. Había concluido, hacía unos minutos, la asamblea para discutir los puntos de la reunión con la ministra de desarrollo social, María Eugenia Vidal.
–Ya sabemos como es esto, ya lo vivimos. Yo podría aceptar la plata porque la necesito, pero enseguida se me acaba y vuelvo a la misma situación. No queda otra que seguir en la lucha –habían sido sus palabras en la asamblea, que dispararon aplausos generales.
Leonardo la pasó mal en todo este tiempo de toma. “Las primeras tres semanas fui uno de los que hacían la guardia –recuerda, ya, algo cansado –y en todo ese tiempo que tapiamos las puertas, no sólo yo, sino que muchos de nosotros no fuimos a trabajar y los chicos no fueron a la escuela”. También fue de los que resistieron con palos y cañerías rotas un primer intento (compulsivo) de desalojo, propiciado por una patota a sueldo del dueño, y recibió varios golpes. Pero todo ello generó una unión inesperada. “Antes la gente de arriba con la de abajo ni se hablaban, ahora somos una gran familia”, resume.

Por Matías Ferrari.
Trabajo presentado en la escuela de periodismo TEA, para la materia teller II.

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Acerca de felicespascuas

Periodista. Estudiante de ciencias de la comunicación, en la facultad de ciencias sociales de la UBA.

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